martes, 1 de octubre de 2013

Una maravillosa experiencia

A medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.
 
Hechos 16:25
 
Cuenta un creyente que había sido encarcelado, por su fe, en la época hitleriana: Cierta vez, pasé en la prisión una noche infernal. Había llegado un contingente de personas que debían ser transferidas a un campo de concentración, gente que no tenía la más mínima esperanza (criminales, inocentes, judíos...).
 
Un sábado a la noche, esa gente fue presa de la desesperación y todos al mismo tiempo se pusieron a gritar. Traten de imaginar la situación: un edificio entero, lleno de celdas con gente en el colmo de la desesperación, donde todo era gritos y golpes contra las paredes y puertas.
 
Los guardianes empezaron a ponerse nerviosos; disparaban al techo, corrían por todos lados, y molieron a golpes a un hombre.
 
Sentado en mi celda, yo pensaba: Así será el infierno. Es difícil explicar semejante situación. Pero, en ese momento, me vino a la mente: ¡Jesús! ¡ÉL está aquí! Créanme que les cuento lo que verdaderamente viví. Entonces dije despacio, muy despacio, en mi calda: ¡Jesús! ¡¡Jesús!! Y en tres minutos todo volvió a la calma.
 
Llamé a Jesús, pero salvo ÉL, nadie oyó lo que yo decía... Luego, pese a que era estrictamente prohibido, canté a voz en cuello: "Jesús, mi gozo, el consuelo de mi corazón; Jesús, mi gloria, ¡oh cuánto, sí, cuánto te implora mi angustiado corazón!"
 
Todos los que estaban presos oyeron ese cántico. Después entoné todavía en alta voz: "Cuando frente a la tormenta, el mundo tiembla alrededor de nosotros, Jesús es mi socorro".
 
Y los guardianes no dijeron ni una palabra. Amigos, en esa oportunidad pude experimentar lo que significa tener un Salvador viviente.
 
Dijo Jesús: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"  (Mateo 28:20). 

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